Esta ciudad tiene, a veces, caballos sigilosos
Esta ciudad tiene, a veces, caballos sigilosos
que llevan de un lado al otro
preguntas y banderas.
Yo subo un ojo, por ejemplo,
y salgo por sus orillas a mirar el hambre,
la pobreza callada de los arrabales.
El barro que se cuece como una olla inútil.
Desde los dos picos de su altura celeste
no se ven los pordioseros.
Pero aquí abajo, entre la humareda
de los basurales y el vapor del ayuno
se palpa la tristeza como una flor marchita.
A veces subo un ojo
y salgo a inventariar mejillas y caderas,
el néctar que el caserío distribuye
para romper su melancolía.
Altas, sombrías a veces, tal vez llenas
de malvones las anchas fachadas
rigurosas, descascaran un rumor
de historias sepultadas, de viejas letanías.
Yo salgo con un ojo montando el empedrado,
a recoger constelaciones,
hechizos de la albahaca,
cambiantes geografías
que el siglo levanta entre carteles y motores.
Ando y desando el caserío.
Como si el tiempo no trajera en el aire
sino un roce de cola de poema.
en etrario de Utopolis, LInajes Editores, mexico, 2004